domingo, 3 de octubre de 2010

Epístolas de desamor para interpretación musical

Rémi

Estoy aquí en su departamento. Le compongo su Melodía de mediodía. ¿La querrá usted en tono menor? En mi menor me resulta fácil. Creo que los días no están para la mayor. El cielo cerrado esconde un sol dolido.

Lamento confesarle que mi recuerdo ha relamido cada lado, y me tiene aquí completamente ensimismado. ¿Cree usted que mi bemol sostenido sea adecuado?

La reminiscencia viscosa me ha entumido (lore te ha llamado) y la partitura revela lo estridente del si aumentado. El sol está en si. Ridícula la pretensión de un sol en mi.

Como ve, he renunciado a componer la Melodía de mediodía. Los lunes vienen siempre en bemol y el domingo suspendido. En el intervalo se asimilan blancas y negras de pulso retraído. Disculpe Usted no haber resistido. Para hacer música es inútil el corazón desolado.

En ti mi Do

Mila.

Modos de revolucionar en un restaurant


Quiero que te desnudes moz@

le pongas stop a tu discurso

De platos sonrisas precios

Y te sientes aquí,

Compartamos el vino

Y ojalá te rías de ti, moz@

Nos riamos de tu gentileza aprendida

Y del estúpido gesto de levantarte la mano

Como si fueras un taxi.


(Ahora vienes y retiras este papel

que será un secreto de servilleta

leída en el recuento de boletas).

Verdadero Liberalismo

Descentralizar el cuerpo

Acabar con la burocracia neuronal

Que satura

el hemisferio del lenguaje


Liberar Sistemas

Del olfato al olfato

Del sonido al sonido

Que el tacto recuerde el roce

Y el cuerpo su movimiento


Cada respiración recuerda la anterior

Y la reproduce similar

Pero, sentidos míos,

Allá arriba, lejos, está aquél

Que nos ignora y utiliza

Entonces les digo

La revolución comienza en casa,

En cuerpo

En sangre y célula

Anarquía corporal


Tratado sobre la Corbata: "La Función de la Corbata debe continuar"

Luego de algún tiempo leyendo en mi experiencia

los dictámenes del tratado, caí en cuenta que

La verdadera función de la corbata

no es simplemente convertir

en paquetes de regalo

A sus más caros usuarios

Sino también

("No lo saben,

lo terrible es que

no lo saben")

Ocultar toda apertura

Asesinar cada dejo de sensualidad

mediante la secreción del preciso hermetismo

para el buen funcionamiento de la economía pública.

Anatómica y geométricamente evidente El trazo directo

que recorre el Espacio entre el Apolo y lo Dionisyo

resulta con la imposición del económico género

doblemente negado La prescripción reza

que tras la corbata no hay piel

Sino más género

ad infinitum


Gesto especialmente obsceno esta deixis en V

dirige la vista hacia aquello que el

homo laborans debe reprimir en su ajetreo

para el sagrado metarrelato de la Reproducción

Este reminiscente corte de género

Es disposición gratuita, preocupación cotidiana

persistente licencia de ser abusado por la jerarquía

facilidad de ser jalonado y ahorcado

posibilidad latente y excesivamente real

de morir asfixiado en la oficina del jefe.

Antifalo de lánguido género

el silenciamiento de la política

Tras la vestimenta, los modos, la cirugía

Expresión de estéticas normalizadas

En que la esclavitud ha sido aceptada

Al interior de nuestras cotidianas

Democracias Neoliberales.

Y entonces


A qué perder más tiempo con géneros de papel:

La institución de la Corbata Os invita a

ponerse el sello de la correa cada mañana

la alegría del free to choice entre novedosos diseños

¡Que la Función debe la corbata debe continuar!

P.D.

Para las dolidas quejas

a la institución de la Corbata

sírvase por favor a retirarse del espacio público.

Un cuento que tuvo suerte en un concurso

Fraternidad Literaria.

Las quejas de Vidal atraviesan las paredes huecas del departamento. Cualquiera con dos oídos de frente puede dejarse lamer por su viscosa derrota. Gastarse los días postulando a concursos literarios nada más incierto que lograr algún premio en concursos públicos qué poco digno seguir enviando luego de años de fracaso aquellas obritas de ficción o poemitas institucionales –sentencia con bizarro orgullo y pone punto final al cuento tirando la cola del cigarrillo al vaso de cerveza.

En una pequeña repisa sobre el escritorio descansa el aviso de diario con los artículos subrayados. Vidal lo dejaba allí, cercano y distante, como una forma de engaño. Esperaba que sin saberlo el fosforescente le fuera ganando el ojo, y de a poco se convenciera de cambiar de vida, volver a hacerle clases a los monitos reggaetoneros, asesinar tiempo y espalda corrigiendo pruebas, digitando datos. Por lo pronto aún resistía cesante, es decir, en trabajos fugaces en donde con siniestra originalidad se lograba siempre el fin de mes.

Resistir como un virus, en indeterminación completa entre la mortífera cesantía y la terrícola ocupación –Vidal le conversa al computador, rememora la historia y la institución que lo llevó hasta acá. Mejor ser honestos, y ya dar por clausurada la Facultad de Filosofía y Humanidades –escupe con amargura, mientras ojea en el diario las nuevas medidas económicas en las academias de EEUU y su pintoresca honestidad.

Ayer había ido a una reunión de poetas, de la nada escuchó a un amigo-no-escritor diciendo que sí, que podía vivir cómodo con 12 millones mensuales. Nunca supo si hablaba en serio. Ojalá y eso fuera una broma arrogante, pensó. Entre las cervezas, recordó esa foto tomada después de terminar la Universidad. Acabado el paraíso y sus burbujas se vio parado en la mitad de un patio, con la cabeza abultada de libros y las manos vacías. Percibió con frustrante lucidez que de su cuerpo sólo quedaban las manos para sujetar los libros, los dedos torpes para las mujeres y un par de ojos miopes tras los vidrios.

En aquellas épocas comenzó la contagiosa obsesión por la santísima trinidad proyecto-concurso-beca. Todos sus amigos con el mismo rosario se iban posicionando bien apretaditos en los huecos del pequeño jardín que la beneficencia pública arrojaba, pero vamos, que no tanto por deseos de fama como por terror al amarillo fosforescente. Cómo era que la letra de Kafka había soportado tanta jornada diurna de escritura bancaria. La erosión es un proceso natural, las palabras como las rocas se desgastan, como las aguas se mezclan, como los gases se envanecen. Las lenguas sensibles toman sentidos lastimosos a causa del roce continuo con las lenguas bárbaras. El asunto del judío era un misterio de la literatura, había subvertido el punto de no retorno y por las noches prefirió tomar nota de los sueños que no tenía.

Mi hermano había decidido estudiar literatura, yo terminaba el colegio, pensaba en Derecho o Sociología. Digamos que le seguí la pista a él, su generación y sus traviesas utopías literarias. Apenas terminaba de memorizar los códigos me ponía a leer sus cuadernos y sus apuntes de escritores. Podía entonces descansar del derecho, y reírme con Borges de la seriedad inmaculada de la taxonomía, tanto necesarias como ridículas e imposibles. Mientras tanto el otro Vidal, mi hermanito mayor, jugaba con fuego sus apuestas. Fue budista y no escribía sino poesía del silencio; tuvo una crisis psicótica y sus textos rebalsaban de anagramas contra nuestros padres; a los 23 se compró una moto, un rollo de papel mural adhesivo y andaba por Colombia pegando en las calles sus poemas eróticos anarkosurrealistas. Bueno, nunca fue muy original.

Las letras son las únicas partículas subatómicas que me atraviesan el cuerpo a cada segundo, solía repetir. Profesaba una incoherente teoría acerca de la materialidad microcósmica de las letras. Por mi parte, no sabía cuánto de admiración era justo rendirle a su científico romanticismo. El día que egresó, en medio de patéticas ceremonias tuve la revelación. La imagen del precipicio fue demasiado nítida para ignorarla, una encandilante línea dividía la tierra con precisión vertical. El mundo nunca fue redondo, y en las rectas fronteras abundan las cataratas de los suicidas. Supe eso, temí por la suerte de mi hermano, y comprendí que sería yo quién debía extenderle la tierra. Por eso seguí en el buen camino, en el aburrido e importante, cogido por la ilusión de tener un hermano de la escritura.

Yo nunca pude escribir, cualquiera puede darse cuenta. Pero yo sería sus zapatos, le daría el dinero para comprarlos, le dejaría una pieza en el departamento y algún trabajo esporádico para salvarlo del existencialismo cursi. Él, por su parte, sería mi personaje ideal y mi hermano. Su vida de libros me resultaba tan injusta y absurda, como necesaria y seductora. Él me daba la fuerza indispensable para ponerme cada mañana la corbata y sacarle brillito a los zapatos y el maletín. Todo estaba en su justo lugar, y así podríamos haber envejecido en tranquila fraternidad.

Pero las fuerzas se iban tomando el departamento. El problema estalló (era tan evidente, ¡cómo no pude anticiparlo!) cuando dejó de escribir. Se puso zángano. Se deslizó de la sexy decadencia literaria, a la intoxicación del matinal televisivo. Por las noches, cuando yo volvía del trabajo Vidal seguía allí en su rincón mirando la pantalla en blanco, con los ojos en vacío. Había extraviado las palabras y los gestos, y tras su silencio no había el consuelo de ningún proverbio zen.

El otro, el mantenido, rompió el pacto. Me traicionó. Pervirtió el sentido del ocio que le regalé. Mancilló mi tierra, escupió mi dinero y profanó el amor fraternal. De golpe se convirtió en el parásito de la pieza del lado, el gato negro, el baboso Gregorio. Sus ruiditos molestos al teclear borrar-borrar-borrar no me dejaban tocar el violín. No tuve más solución que echarlo del departamento. La caída del piso 20 no le vino mal.

Y aquí me tienen, forzado a escribir esta, su historia. Pero el premio, lo juro, estará a su nombre porque este era su máximo deseo, no el mío. Con las leyes ya se sabe cuán cómodo se puede vivir. Además, ahora que no está, me parece que no es tan divino ni complejo el arte de digitar palabras.

Adiós, querido hermano.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Monedas de cincuenta

Le pasé un papel estampado porque esa es la costumbre cuando uno quiere comer una empanada. Nunca pensé cuán generosa ella podía ser. Me dio la empanada y seis monedas brillantes de cincuenta.

Es totalmente innegable que la señora quería regalarme estos perfectos decágonos, todos hechos el 2010. Sin embargo, la cajera parecía enojada, y más bien me arrojó el vuelto. Fue todo tan rápido que guardé las monedas en el bolsillo sin dejar que la luz se reflectara en ellas. En la noche volví al cubículo. Aquí se estila vivir en pequeños espacios rigurosamente dispuestos de manera vertical -uno sobre otro-, y horizontal -uno al lado de otro. Todo el ridículo que supone tanta geometría se oculta haciendo los muros gruesos y oscuros. Cuando son construcciones baratas, se dejan pasar los ruidos, pero somos animales estúpidos que en ausencia de luz no podemos relacionar el sonido con la posición.

El absurdo se desvelaría con sólo dejar de pintar las murallas, hacer concreto transparente y no utilizar alfombras sobre las superficies translúcidas.

Pero la verdad no sé si quisiera seguir viviendo en este departamento con los muros y el suelo de vidrio. De la risa inicial tropezaría a poco andar con la angustia de ver mis movimientos repetidos en el joven del piso 22. Todos nos duchamos parecido, y de seguro en pocos meses lo erótico de los cuerpos se vendría abajo, se escaparía por la ventana hasta la calle pública, donde las personas se pasean con ingeniosas ropas tapando su igualdad.

Lo peor sería, cuánto lo sospecho, la envidia del éxito ajeno. Porque todos sabríamos cómo vive su privacidad el otro. Y ya que el mundo privado es el escenario de lo más cierto e importante (de allí la razón de hacer el concreto bien oscuro), entonces apenas sacara mi tesoro y la luz se reflectara en ellas, vendrían a tocar la puerta pensando que son de oro.

Pero no, les diré, son sólo 6 monedas de cincuenta que me regaló la señora de la esquina… Me pregunto cuánto tiempo durarán en el bolsillo antes que se opaquen.

Epístolas de desamor para interpretación musical.

Rémi

Estoy aquí en su departamento. Le compongo su Melodía de mediodía. ¿La querrá usted en tono menor? En mi menor me resulta fácil. Creo que los días no están para la mayor. El cielo cerrado esconde un sol dolido.

Lamento confesarle que mi recuerdo ha relamido cada lado, y me tiene aquí completamente ensimismado. ¿Cree usted que mi bemol sostenido sea adecuado?

La reminiscencia viscosa me ha entumido (lore te ha llamado) y la partitura revela lo estridente del si aumentado. El sol está en si. Ridícula la pretensión de un sol en mi.

Como ve, he renunciado a componer la Melodía de mediodía. Los lunes vienen siempre en bemol y el domingo suspendido. En el intervalo se asimilan blancas y negras de pulso retraído. Disculpe Usted no haber resistido. Para hacer música es inútil el corazón desolado.

En ti mi Do

Mila.

Itinerario de viaje hacia el no lugar

Itinerario de viaje hacia el no lugar
Modos de partir y arribar.

Del No Lugar al Lugar Común

De Lo Común a Lo Compartido

De Compartir a sólo partir de aquí

De Sólo partir de aquí a partir de aquí Solo

Sin comunidad

Buscando el no lugar

Donde no esté plagado de lugares comunes

Un no lugar de respiro anacoreta,

Con modernas libertades

Comunidades imaginables

Y Lenguas que recorran los cuerpos

En los placeres de Babel.

Lugares Inversos a la tierra y los libros

Que son lagunas clavadas en el no tiempo.

Donde toda eternidad es destruida por el peso presente de los segundos

Y buscar, o el simple movimiento

Tiene una lógica anterior que el sedentarismo

Del arcaico lugar feliz.

Una pequeña isla, arrancada de la Atlántida

en medio de un inaccesible mar británico

Monárquica, Solidaria, Patriarcal.


Los sueños de otros,

Que en mala forma son los nuestros

Es la neblina tras los ojos,

Material del prejuicio a Babel

Y su erótico despliegue de sentidos.

Por eso partir al lugar contra imaginario

Fugándose en la ingenuidad de la hierba

Que crece contra, para, de, desde el cemento.

A conocer las señoritas lenguas

Y enredarse en las sábanas movedizas.

Usar las palabras como sacos

Rellenar los nombres propios

(que siempre fueron ajenos)

con la incandescencia de mil

imágenes infinitas,

e incendiar los oídos

con cada crepitar

del sonido de allá.