miércoles, 22 de junio de 2011

On Thesis

Comentarios metodológicos sobre el proceso académico de la escritura de la Master´s Thesis.

¿Cuántas líneas es posible tirarse en la biblioteca? Digo, en un día, en una agradable tarde soleada, sabiendo que en casa está prohibido.

Tirarse sus líneas textuales, tirarse sus líneas literales, tirarse sus líneas…literalmente. Y todo con el afán de tirarse su línea filosófica. Así Pa.

En el fondo el tema es, o tirarse su wena línea filosófica, o olvidarlo todo, y tirarse a la línea del Metro (o del milímetro).

Tirarse con suerte un metro, con ambición cardíaca, sería el gran logro diario. A 16 centímetros la línea, digamos que el metro te lo dejo en 5, 6 páginas, no está mal para una tarde de encierro.

Tirarse una buena, pero una buena línea después de 5 cafés y tres sándwich de pollo con tomate, con una nube de pequeños personajes extranjeros de apellidos consonánticos pululando en tu cabeza.

En el fondo el dilema siempre consistirá en o tirarse una buena línea, tirarse una buena mina o tirarse a la línea del metro. En general mis amigos escogen las tres, a tiempos y en proporciones dispares. Supongo que del equilibrio nacen las ganas de volver a ducharse y afeitarse de cuando en vez.

Las matemáticas de las Líneas X Sentada, son tan volubles y susceptibles. Allí el facebook, acá el zancudo o el conocido que pasa y te habla, y ya vamos por un café a la cafetería, pa estar así preparado pa tirarse una buena. Además el tema del sueño de la noche anterior, del alcohol remanente, del plan pal fin de semana. Mientras tanto se apagan los días y uno tiene esa desagradable sensación de sobriedad de no haberse tirado ni una puta buena línea.

El síndrome de sobriedad es, sin duda, lo más peligroso. De la sobriedad nada sale, todo se lo come y te atrapa, sin poder siquiera tirarse una buena línea con una mina en el metro. El síndrome de sobriedad atenta contra la desmesura, el sexo y el suicidio. En fin. Para qué regresar al impostor de Nietzsche.

lunes, 20 de junio de 2011

Pequeño escrito desde la ventana de la biblioteca

Es una cuestión de perspectiva. Si estoy lo suficientemente lejos aquellas figuras que se juntan y se alejan, cruzan el aire con velocidad imposible de imaginar para un bípedo como el YO; aparecen ante los ojos como pequeños zancudos deseosos de ir a casar sangre animal, en un caos orgiástico y hambriento que anuncia ritualmente el advenimiento del anochecer, donde los seres del aire gozan impúdicamente el saberse un cuerpo colectivo, o mejor dicho, gozan de no saberse, porque más allá de todo lenguaje, sus cuerpos vuelan como expresiones acabadas de la robótica natural.

Cerca de la mesa, apegada a la ventana está el invento humano. Para la impotencia ocular que imagina las manchas como zancudos, fueron hechos hace muchos siglos los anteojos largavista. Ahora llega la visión de la verdad. Los anteojos sobre los ojos y piensa ingenuamente el YO que las figuras eran pájaros. Su juego de contracción y distensión la danza primaveral con la que los bellos seres del aire construyen imaginariamente los bordes contingentes del espacio común.

Los zancudos de sangre se atacaban en un rito sucio, en las inmedianias sospechosas de algún agua estancada; los pájaros sublimes dibujan en el aire una melodía que cualquier bailarín ofrecería el alma para poder representar. Entre ambos un anteojo largavista.

Al otro lado de la ventana un Yo que escribe. Los pájaros no atraviesan la ventana. Tampoco se sabe si la ventana tiene un vidrio de color, de modo que altere la visión al exterior y la tiña de un azul atardecer que seguramente es falsa simulación. Porque aquí, en el tiempo del que escribe son acaso las tres de la tarde. Y la primavera, con sus promesas de amor y pájaros volando, es la historia nacional de algún país del norte o las remembranzas de cuentos de plenitud que se quedan pegados como lapa en la piel del cerebro. Valdría la pena también contar a los niños la historia de la lobotomía.

Ahora vuelan muy rápido. Y, cosa curiosa, por el lado de la ventana, en donde el yo resulta vulnerable, caminan lentamente dos zancudos. Sentirán envidia de no ser ellos los sujetos poéticos. Pensarán en la cantidad de instantes y vidas invertidas para escribir sobre la sublime y sutil motricidad de los estúpidos pájaros. Acaso por eso molestar al escritor que cree en las prótesis oculares. Sacarle la sangre, para evidenciar que el Zancudo es un ser racional y sensible, dolido por la desconsideración literaria de una humanidad prejuiciosa para poner la corona de lo bello.

domingo, 3 de octubre de 2010

Epístolas de desamor para interpretación musical

Rémi

Estoy aquí en su departamento. Le compongo su Melodía de mediodía. ¿La querrá usted en tono menor? En mi menor me resulta fácil. Creo que los días no están para la mayor. El cielo cerrado esconde un sol dolido.

Lamento confesarle que mi recuerdo ha relamido cada lado, y me tiene aquí completamente ensimismado. ¿Cree usted que mi bemol sostenido sea adecuado?

La reminiscencia viscosa me ha entumido (lore te ha llamado) y la partitura revela lo estridente del si aumentado. El sol está en si. Ridícula la pretensión de un sol en mi.

Como ve, he renunciado a componer la Melodía de mediodía. Los lunes vienen siempre en bemol y el domingo suspendido. En el intervalo se asimilan blancas y negras de pulso retraído. Disculpe Usted no haber resistido. Para hacer música es inútil el corazón desolado.

En ti mi Do

Mila.

Modos de revolucionar en un restaurant


Quiero que te desnudes moz@

le pongas stop a tu discurso

De platos sonrisas precios

Y te sientes aquí,

Compartamos el vino

Y ojalá te rías de ti, moz@

Nos riamos de tu gentileza aprendida

Y del estúpido gesto de levantarte la mano

Como si fueras un taxi.


(Ahora vienes y retiras este papel

que será un secreto de servilleta

leída en el recuento de boletas).

Verdadero Liberalismo

Descentralizar el cuerpo

Acabar con la burocracia neuronal

Que satura

el hemisferio del lenguaje


Liberar Sistemas

Del olfato al olfato

Del sonido al sonido

Que el tacto recuerde el roce

Y el cuerpo su movimiento


Cada respiración recuerda la anterior

Y la reproduce similar

Pero, sentidos míos,

Allá arriba, lejos, está aquél

Que nos ignora y utiliza

Entonces les digo

La revolución comienza en casa,

En cuerpo

En sangre y célula

Anarquía corporal


Tratado sobre la Corbata: "La Función de la Corbata debe continuar"

Luego de algún tiempo leyendo en mi experiencia

los dictámenes del tratado, caí en cuenta que

La verdadera función de la corbata

no es simplemente convertir

en paquetes de regalo

A sus más caros usuarios

Sino también

("No lo saben,

lo terrible es que

no lo saben")

Ocultar toda apertura

Asesinar cada dejo de sensualidad

mediante la secreción del preciso hermetismo

para el buen funcionamiento de la economía pública.

Anatómica y geométricamente evidente El trazo directo

que recorre el Espacio entre el Apolo y lo Dionisyo

resulta con la imposición del económico género

doblemente negado La prescripción reza

que tras la corbata no hay piel

Sino más género

ad infinitum


Gesto especialmente obsceno esta deixis en V

dirige la vista hacia aquello que el

homo laborans debe reprimir en su ajetreo

para el sagrado metarrelato de la Reproducción

Este reminiscente corte de género

Es disposición gratuita, preocupación cotidiana

persistente licencia de ser abusado por la jerarquía

facilidad de ser jalonado y ahorcado

posibilidad latente y excesivamente real

de morir asfixiado en la oficina del jefe.

Antifalo de lánguido género

el silenciamiento de la política

Tras la vestimenta, los modos, la cirugía

Expresión de estéticas normalizadas

En que la esclavitud ha sido aceptada

Al interior de nuestras cotidianas

Democracias Neoliberales.

Y entonces


A qué perder más tiempo con géneros de papel:

La institución de la Corbata Os invita a

ponerse el sello de la correa cada mañana

la alegría del free to choice entre novedosos diseños

¡Que la Función debe la corbata debe continuar!

P.D.

Para las dolidas quejas

a la institución de la Corbata

sírvase por favor a retirarse del espacio público.

Un cuento que tuvo suerte en un concurso

Fraternidad Literaria.

Las quejas de Vidal atraviesan las paredes huecas del departamento. Cualquiera con dos oídos de frente puede dejarse lamer por su viscosa derrota. Gastarse los días postulando a concursos literarios nada más incierto que lograr algún premio en concursos públicos qué poco digno seguir enviando luego de años de fracaso aquellas obritas de ficción o poemitas institucionales –sentencia con bizarro orgullo y pone punto final al cuento tirando la cola del cigarrillo al vaso de cerveza.

En una pequeña repisa sobre el escritorio descansa el aviso de diario con los artículos subrayados. Vidal lo dejaba allí, cercano y distante, como una forma de engaño. Esperaba que sin saberlo el fosforescente le fuera ganando el ojo, y de a poco se convenciera de cambiar de vida, volver a hacerle clases a los monitos reggaetoneros, asesinar tiempo y espalda corrigiendo pruebas, digitando datos. Por lo pronto aún resistía cesante, es decir, en trabajos fugaces en donde con siniestra originalidad se lograba siempre el fin de mes.

Resistir como un virus, en indeterminación completa entre la mortífera cesantía y la terrícola ocupación –Vidal le conversa al computador, rememora la historia y la institución que lo llevó hasta acá. Mejor ser honestos, y ya dar por clausurada la Facultad de Filosofía y Humanidades –escupe con amargura, mientras ojea en el diario las nuevas medidas económicas en las academias de EEUU y su pintoresca honestidad.

Ayer había ido a una reunión de poetas, de la nada escuchó a un amigo-no-escritor diciendo que sí, que podía vivir cómodo con 12 millones mensuales. Nunca supo si hablaba en serio. Ojalá y eso fuera una broma arrogante, pensó. Entre las cervezas, recordó esa foto tomada después de terminar la Universidad. Acabado el paraíso y sus burbujas se vio parado en la mitad de un patio, con la cabeza abultada de libros y las manos vacías. Percibió con frustrante lucidez que de su cuerpo sólo quedaban las manos para sujetar los libros, los dedos torpes para las mujeres y un par de ojos miopes tras los vidrios.

En aquellas épocas comenzó la contagiosa obsesión por la santísima trinidad proyecto-concurso-beca. Todos sus amigos con el mismo rosario se iban posicionando bien apretaditos en los huecos del pequeño jardín que la beneficencia pública arrojaba, pero vamos, que no tanto por deseos de fama como por terror al amarillo fosforescente. Cómo era que la letra de Kafka había soportado tanta jornada diurna de escritura bancaria. La erosión es un proceso natural, las palabras como las rocas se desgastan, como las aguas se mezclan, como los gases se envanecen. Las lenguas sensibles toman sentidos lastimosos a causa del roce continuo con las lenguas bárbaras. El asunto del judío era un misterio de la literatura, había subvertido el punto de no retorno y por las noches prefirió tomar nota de los sueños que no tenía.

Mi hermano había decidido estudiar literatura, yo terminaba el colegio, pensaba en Derecho o Sociología. Digamos que le seguí la pista a él, su generación y sus traviesas utopías literarias. Apenas terminaba de memorizar los códigos me ponía a leer sus cuadernos y sus apuntes de escritores. Podía entonces descansar del derecho, y reírme con Borges de la seriedad inmaculada de la taxonomía, tanto necesarias como ridículas e imposibles. Mientras tanto el otro Vidal, mi hermanito mayor, jugaba con fuego sus apuestas. Fue budista y no escribía sino poesía del silencio; tuvo una crisis psicótica y sus textos rebalsaban de anagramas contra nuestros padres; a los 23 se compró una moto, un rollo de papel mural adhesivo y andaba por Colombia pegando en las calles sus poemas eróticos anarkosurrealistas. Bueno, nunca fue muy original.

Las letras son las únicas partículas subatómicas que me atraviesan el cuerpo a cada segundo, solía repetir. Profesaba una incoherente teoría acerca de la materialidad microcósmica de las letras. Por mi parte, no sabía cuánto de admiración era justo rendirle a su científico romanticismo. El día que egresó, en medio de patéticas ceremonias tuve la revelación. La imagen del precipicio fue demasiado nítida para ignorarla, una encandilante línea dividía la tierra con precisión vertical. El mundo nunca fue redondo, y en las rectas fronteras abundan las cataratas de los suicidas. Supe eso, temí por la suerte de mi hermano, y comprendí que sería yo quién debía extenderle la tierra. Por eso seguí en el buen camino, en el aburrido e importante, cogido por la ilusión de tener un hermano de la escritura.

Yo nunca pude escribir, cualquiera puede darse cuenta. Pero yo sería sus zapatos, le daría el dinero para comprarlos, le dejaría una pieza en el departamento y algún trabajo esporádico para salvarlo del existencialismo cursi. Él, por su parte, sería mi personaje ideal y mi hermano. Su vida de libros me resultaba tan injusta y absurda, como necesaria y seductora. Él me daba la fuerza indispensable para ponerme cada mañana la corbata y sacarle brillito a los zapatos y el maletín. Todo estaba en su justo lugar, y así podríamos haber envejecido en tranquila fraternidad.

Pero las fuerzas se iban tomando el departamento. El problema estalló (era tan evidente, ¡cómo no pude anticiparlo!) cuando dejó de escribir. Se puso zángano. Se deslizó de la sexy decadencia literaria, a la intoxicación del matinal televisivo. Por las noches, cuando yo volvía del trabajo Vidal seguía allí en su rincón mirando la pantalla en blanco, con los ojos en vacío. Había extraviado las palabras y los gestos, y tras su silencio no había el consuelo de ningún proverbio zen.

El otro, el mantenido, rompió el pacto. Me traicionó. Pervirtió el sentido del ocio que le regalé. Mancilló mi tierra, escupió mi dinero y profanó el amor fraternal. De golpe se convirtió en el parásito de la pieza del lado, el gato negro, el baboso Gregorio. Sus ruiditos molestos al teclear borrar-borrar-borrar no me dejaban tocar el violín. No tuve más solución que echarlo del departamento. La caída del piso 20 no le vino mal.

Y aquí me tienen, forzado a escribir esta, su historia. Pero el premio, lo juro, estará a su nombre porque este era su máximo deseo, no el mío. Con las leyes ya se sabe cuán cómodo se puede vivir. Además, ahora que no está, me parece que no es tan divino ni complejo el arte de digitar palabras.

Adiós, querido hermano.