Fraternidad Literaria.
En una pequeña repisa sobre el escritorio descansa el aviso de diario con los artículos subrayados. Vidal lo dejaba allí, cercano y distante, como una forma de engaño. Esperaba que sin saberlo el fosforescente le fuera ganando el ojo, y de a poco se convenciera de cambiar de vida, volver a hacerle clases a los monitos reggaetoneros, asesinar tiempo y espalda corrigiendo pruebas, digitando datos. Por lo pronto aún resistía cesante, es decir, en trabajos fugaces en donde con siniestra originalidad se lograba siempre el fin de mes.
Resistir como un virus, en indeterminación completa entre la mortífera cesantía y la terrícola ocupación –Vidal le conversa al computador, rememora la historia y la institución que lo llevó hasta acá. Mejor ser honestos, y ya dar por clausurada la Facultad de Filosofía y Humanidades –escupe con amargura, mientras ojea en el diario las nuevas medidas económicas en las academias de EEUU y su pintoresca honestidad.
Ayer había ido a una reunión de poetas, de la nada escuchó a un amigo-no-escritor diciendo que sí, que podía vivir cómodo con 12 millones mensuales. Nunca supo si hablaba en serio. Ojalá y eso fuera una broma arrogante, pensó. Entre las cervezas, recordó esa foto tomada después de terminar la Universidad. Acabado el paraíso y sus burbujas se vio parado en la mitad de un patio, con la cabeza abultada de libros y las manos vacías. Percibió con frustrante lucidez que de su cuerpo sólo quedaban las manos para sujetar los libros, los dedos torpes para las mujeres y un par de ojos miopes tras los vidrios.
En aquellas épocas comenzó la contagiosa obsesión por la santísima trinidad proyecto-concurso-beca. Todos sus amigos con el mismo rosario se iban posicionando bien apretaditos en los huecos del pequeño jardín que la beneficencia pública arrojaba, pero vamos, que no tanto por deseos de fama como por terror al amarillo fosforescente. Cómo era que la letra de Kafka había soportado tanta jornada diurna de escritura bancaria. La erosión es un proceso natural, las palabras como las rocas se desgastan, como las aguas se mezclan, como los gases se envanecen. Las lenguas sensibles toman sentidos lastimosos a causa del roce continuo con las lenguas bárbaras. El asunto del judío era un misterio de la literatura, había subvertido el punto de no retorno y por las noches prefirió tomar nota de los sueños que no tenía.
Mi hermano había decidido estudiar literatura, yo terminaba el colegio, pensaba en Derecho o Sociología. Digamos que le seguí la pista a él, su generación y sus traviesas utopías literarias. Apenas terminaba de memorizar los códigos me ponía a leer sus cuadernos y sus apuntes de escritores. Podía entonces descansar del derecho, y reírme con Borges de la seriedad inmaculada de la taxonomía, tanto necesarias como ridículas e imposibles. Mientras tanto el otro Vidal, mi hermanito mayor, jugaba con fuego sus apuestas. Fue budista y no escribía sino poesía del silencio; tuvo una crisis psicótica y sus textos rebalsaban de anagramas contra nuestros padres; a los 23 se compró una moto, un rollo de papel mural adhesivo y andaba por Colombia pegando en las calles sus poemas eróticos anarkosurrealistas. Bueno, nunca fue muy original.
Las letras son las únicas partículas subatómicas que me atraviesan el cuerpo a cada segundo, solía repetir. Profesaba una incoherente teoría acerca de la materialidad microcósmica de las letras. Por mi parte, no sabía cuánto de admiración era justo rendirle a su científico romanticismo. El día que egresó, en medio de patéticas ceremonias tuve la revelación. La imagen del precipicio fue demasiado nítida para ignorarla, una encandilante línea dividía la tierra con precisión vertical. El mundo nunca fue redondo, y en las rectas fronteras abundan las cataratas de los suicidas. Supe eso, temí por la suerte de mi hermano, y comprendí que sería yo quién debía extenderle la tierra. Por eso seguí en el buen camino, en el aburrido e importante, cogido por la ilusión de tener un hermano de la escritura.
Yo nunca pude escribir, cualquiera puede darse cuenta. Pero yo sería sus zapatos, le daría el dinero para comprarlos, le dejaría una pieza en el departamento y algún trabajo esporádico para salvarlo del existencialismo cursi. Él, por su parte, sería mi personaje ideal y mi hermano. Su vida de libros me resultaba tan injusta y absurda, como necesaria y seductora. Él me daba la fuerza indispensable para ponerme cada mañana la corbata y sacarle brillito a los zapatos y el maletín. Todo estaba en su justo lugar, y así podríamos haber envejecido en tranquila fraternidad.
Pero las fuerzas se iban tomando el departamento. El problema estalló (era tan evidente, ¡cómo no pude anticiparlo!) cuando dejó de escribir. Se puso zángano. Se deslizó de la sexy decadencia literaria, a la intoxicación del matinal televisivo. Por las noches, cuando yo volvía del trabajo Vidal seguía allí en su rincón mirando la pantalla en blanco, con los ojos en vacío. Había extraviado las palabras y los gestos, y tras su silencio no había el consuelo de ningún proverbio zen.
El otro, el mantenido, rompió el pacto. Me traicionó. Pervirtió el sentido del ocio que le regalé. Mancilló mi tierra, escupió mi dinero y profanó el amor fraternal. De golpe se convirtió en el parásito de la pieza del lado, el gato negro, el baboso Gregorio. Sus ruiditos molestos al teclear borrar-borrar-borrar no me dejaban tocar el violín. No tuve más solución que echarlo del departamento. La caída del piso 20 no le vino mal.
Y aquí me tienen, forzado a escribir esta, su historia. Pero el premio, lo juro, estará a su nombre porque este era su máximo deseo, no el mío. Con las leyes ya se sabe cuán cómodo se puede vivir. Además, ahora que no está, me parece que no es tan divino ni complejo el arte de digitar palabras.
Adiós, querido hermano.
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