Es una cuestión de perspectiva. Si estoy lo suficientemente lejos aquellas figuras que se juntan y se alejan, cruzan el aire con velocidad imposible de imaginar para un bípedo como el YO; aparecen ante los ojos como pequeños zancudos deseosos de ir a casar sangre animal, en un caos orgiástico y hambriento que anuncia ritualmente el advenimiento del anochecer, donde los seres del aire gozan impúdicamente el saberse un cuerpo colectivo, o mejor dicho, gozan de no saberse, porque más allá de todo lenguaje, sus cuerpos vuelan como expresiones acabadas de la robótica natural.
Cerca de la mesa, apegada a la ventana está el invento humano. Para la impotencia ocular que imagina las manchas como zancudos, fueron hechos hace muchos siglos los anteojos largavista. Ahora llega la visión de la verdad. Los anteojos sobre los ojos y piensa ingenuamente el YO que las figuras eran pájaros. Su juego de contracción y distensión la danza primaveral con la que los bellos seres del aire construyen imaginariamente los bordes contingentes del espacio común.
Los zancudos de sangre se atacaban en un rito sucio, en las inmedianias sospechosas de algún agua estancada; los pájaros sublimes dibujan en el aire una melodía que cualquier bailarín ofrecería el alma para poder representar. Entre ambos un anteojo largavista.
Al otro lado de la ventana un Yo que escribe. Los pájaros no atraviesan la ventana. Tampoco se sabe si la ventana tiene un vidrio de color, de modo que altere la visión al exterior y la tiña de un azul atardecer que seguramente es falsa simulación. Porque aquí, en el tiempo del que escribe son acaso las tres de la tarde. Y la primavera, con sus promesas de amor y pájaros volando, es la historia nacional de algún país del norte o las remembranzas de cuentos de plenitud que se quedan pegados como lapa en la piel del cerebro. Valdría la pena también contar a los niños la historia de la lobotomía.
Ahora vuelan muy rápido. Y, cosa curiosa, por el lado de la ventana, en donde el yo resulta vulnerable, caminan lentamente dos zancudos. Sentirán envidia de no ser ellos los sujetos poéticos. Pensarán en la cantidad de instantes y vidas invertidas para escribir sobre la sublime y sutil motricidad de los estúpidos pájaros. Acaso por eso molestar al escritor que cree en las prótesis oculares. Sacarle la sangre, para evidenciar que el Zancudo es un ser racional y sensible, dolido por la desconsideración literaria de una humanidad prejuiciosa para poner la corona de lo bello.
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